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viernes, 19 de noviembre de 2010

Tizas



Marta es alumna mía de 1º de bachillerato. Su madre, Berta, es una buena amiga. Le pregunto qué tal va su hija y me comenta que bien, que está muy contenta en el instituto; también me cuenta que se ha echado novio, su primer novio. Se la nota preocupada, como suelen estarlo las madres por este tema a estas edades.

La clase de Marta me encanta: son participativos, trabajadores, han entrado bien en la dinámica de la asignatura... Son el grupo que me hace disfrutar este año, con ellos es fácil ser profesor, disfruto siendo su profesor.

Ayer tenía clase con ellos a última hora.

-”Por favor” les digo, “hoy tengo prisa por irme, tengo a un grupo de 3º de la eso castigado a séptima hora. Si sois tan amables, cerráis las ventanas, bajáis las persianas, apagáis las luces y al salir cerráis la puerta.”

Y sin más salgo pitando del aula. Sobre mi mesa quedan, por las prisas, las reglas y las tizas de colores sin recoger.

Mientras estoy con el grupo castigado pienso en las tizas olvidadas, una caja recién estrenada, y me imagino a los chavales aprovechando mi descuido. Tras el castigo vuelvo a mi aula a ver qué ha ocurrido y, para mi sorpresa, me encuentro las reglas ordenadas y las tizas metidas en su caja, como nuevas.

Hoy he preguntado quién fue el que recogió las tizas. Javier levanta la mano.

-”Muchas gracias, Javier. Ese detalle da idea de tu gran calidad humana”, le digo con cierto tono de vacile...

Cuando termina la clase Javier y Marta se van juntos, en el pasillo se dan la mano. No creo que Berta deba estar muy preocupada.

miércoles, 27 de octubre de 2010

"Estáis sanas, sois jóvenes..."



Celia (quizá os acordéis de ella, por sus comentarios tras la visita a la exposición de Rembrandt, en “Por un mísero medio punto...”), alumna de primero de bachillerato, viene a Jefatura por un problema con inglés. Su clase está dividida en tres niveles y ella está en el superior, pero no se siente cómoda. Sus compañeros proceden la mayoría de la sección bilingüe y ella no. Pregunta si podría cambiarse al nivel intermedio. Miraremos que se puede hacer.

Fué alumna mía en tercero de la ESO. Por aquel entonces leía a todas horas, no literatura juvenil, estaba metida con los clásicos: Tolstoi y su Ana Karenina, por ejemplo; inusual en una chica de 14 años.

-”¿Has leído algo interesante últimamente?” pregunto aprovechando la oportunidad.
-”A Cesare Pavese”, me dice. Y añade: “Tú me lo recomendaste, ¿te acuerdas?”
-”No, Celia, no me acuerdo. ¿Y qué te has leído?”
-”Diálogos con Leucó, me encantó”
-”¡Vaya!”, digo admirado.

Para los que conozcáis a Pavese sabréis que esta obra es la más particular de todas cuantas escribió, también la más querida por él, según dicen. El libro que tenía consigo en el trágico momento de su suicidio.

Quizá yo prefiera “El hermoso verano”, con ese principio mezcla de felicidad y melancolía:

“En aquellos tiempos era siempre fiesta. Bastaba con salir de casa para ponerse como locas, y todo era tan hermoso, en especial de noche, que al volver muertas de cansancio aún esperaban que ocurriese algo, que estallase un incendio, que en la casa naciera un niño, o a lo mejor que amaneciera de improviso y toda la gente saliese a la calle y se pudiera seguir andando y andando hasta los prados y hasta detrás de las colinas. -”Estáis sanas, sois jóvenes -decían- sois unas chiquillas, no tenéis preocupaciones...”

Disfruta, Celia...

viernes, 22 de octubre de 2010

Nirvana

-"Ohhhhh síííííííííííííí!!!!!!!” 
Exclama Juan, que acaba de dar con la solución de un nuevo problema de tangencias. Se le ha iluminado la cara y sonríe de oreja a oreja.

Su compañero, Javier, levanta la cabeza, echa un vistazo a la solución de Juan y asiente dándola por buena, aunque puntualiza mientras le señala alguna imperfección:

-”Está bien Juan, pero sin precisión no se alcanza el Nirvana.”

Todos reímos.  

miércoles, 18 de febrero de 2009

Lo imprevisto

   Son las dos y media. Ya ha terminado la jornada escolar, pero yo estoy todavía en el aula de 1º de bachillerato haciendo un examen. La mayoría de los alumnos ya ha terminado y se ha marchado, pero unos cuantos chicos y chicas todavía siguen enfrascados en sus ejercicios. Todo transcurre con normalidad. 

En la mitad de la primera columna a mi izquierda, junto a las ventanas, se sienta José María. Viste un canguro, ya sabéis, capucha y dos bolsillos laterales que se comunican. Me llama la atención porque ha dejado de trabajar y mira distraído a través de los cristales, dando la impresión de que ya ha terminado. 


-”José María, si has acabado entrega el examen que ya va siendo hora”, le digo.


Él me mira, no me contesta y se pone de nuevo a trabajar. O mejor, a hacer como que trabaja mientras yo le observo. Levanta su mirada, se topa con la mía y de nuevo como que hace algo. Su actitud empieza a hacerme sospechar. Decido andar y moverme entre las mesas, dándole deliberadamente la espalda, pero muy atento a él. En cuanto hago esto José María se pone alerta y sigue mis movimientos sin perderme de vista. Cuando cree ver su oportunidad, mete la mano izquierda en el bolsillo de su canguro y la saca entreabierta con algo dentro.

Yo sigo deambulando por el aula, ahora encaro su pasillo, me voy acercando. De nuevo mete él su mano en el bolsillo y vuelve a sacarla, vacía. Llego hasta su sitio. Me paro a su lado. 


-”¿Qué tienes en el bolsillo?


-”¿En el bolsillo? Un pañuelo” dice, y para corroborar sus palabras me muestra un pañuelo de papel arrugado. Me mira con gesto de triunfo.


No le durará mucho ese gesto, porque en un movimiento rápido meto la mano en su canguro y saco otro papel: pequeño como una chuleta, manejable como una chuleta, con letra pequeña y muy prieta como una chuleta... En definitiva, una chuleta. 


José María se pone visiblemente nervioso. 


Le miro inquisitivamente, esperando sus palabras. 


Pero no le salen las palabras, sólo señala la chuleta con la mano izquierda, como acusándola por haberse dejado atrapar, con su índice estirado y la palma ligeramente vuelta hacia arriba. Y es entonces sucede lo imprevisto: para mi sorpresa veo que la palma de su mano está, ¡oh dioses! completamente escrita, completamente cubierta por una letra pequeña y prieta, una nueva chuleta.


Le cojo la mano, le tengo pescado.


-”¿Y esto qué es?", le pregunto.


José María se pone como un tomate, tiembla, tartamudea... Cuando por fin logra articular palabra me contesta:


-”Esto, esto... ¡Esto no es mío!"



domingo, 9 de noviembre de 2008

Todo se tiñe de negro...



 Miércoles pasado, tras el primer martes después del primer lunes de noviembre. Clase de dibujo técnico con 1º de bachillerato. Estamos empezando a ver las curvas cónicas, haciendo sencillos ejercicios de hallar los ejes y los focos de la elipse:


-”Si tenemos la magnitud del eje menor y la distancia entre focos, ¿podemos dibujar el eje mayor?”


No contestan, más por desgana que por desconocimiento...


-”¿Podemos?”, vuelvo a preguntar alzando más la voz.


-”¡Yes, we can!” contesta alguien desde el fondo de la clase: risas generalizadas, incluidas las mías. 


Y es que la presencia de Obama lo está impregnando todo...


¡¡Enhorabuena, señor!!


(Al llegar a casa escribí en Google "blog+Obama" y salieron 169.000.000 resultados, así, un número redondo. Ya hay al menos 169.000.001)

jueves, 6 de noviembre de 2008

Cuatro reglas

"Parábola de los ciegos" Peter Brueghel

Al principio de curso, a mis alumnos de bachillerato les alecciono como sigue:


-”Vuestro deber como alumnos es el de seguir cuatro sencillas reglas a rajatabla, si es que queréis triunfar en el instituto este año, en la selectividad en junio, y en la vida en general” les digo.


-“La primera: cree siempre lo que dice tu profesor, tu superior, sin ningún tipo de duda y sin ningún sentido crítico. Nada de preguntas. Es muy mala costumbre hacer ver al profesor que se equivoca. Es mejor callarse, aunque esto signifique que todos os despeñeis detrás de él y sus errores...”


-”La segunda: sé un vago; si te puedes ahorrar una línea, te la ahorras, y mejor si es un arco, una circunferencia... Si hay dos procedimientos para hacer un problema, sin duda elige el más sencillo. Vuestro objetivo debe ser hacer las cosas a la primera para no tener que volver a hacerlas.”


-”La tercera: en caso que no sepas resolver un problema, disimula y que no se note. Nunca preguntes dudas, le darás pistas al profesor acerca de tu ignorancia. Por el contrario, intenta engañarle siempre (y especialmente al corrector de selectividad) para que crea que sabes aunque no sea cierto. Haces una solución a ojo si es posible (muy limpia, esto es imprescindible) y a su alrededor colocas un montón de líneas que hagan parecer que conoces el procedimiento de resolución. Y si cuela, cuela.”


-”Y la cuarta: tu no necesitas entender las cosas, sólo reproducirlas. Las entienden aquellos que tienen unos objetivos altos y un nivel de esfuerzo superior, que no debe ser tu caso: ello sólo te llevaría a la frustración pues sólo un mínimo tanto por ciento de la gente triunfa.”


-"Al fin y al cabo, en la escuela debemos de preparaos para vuestro ingreso en la sociedad, en el mercado laboral, y ¿qué demanda la sociedad? Gente sin criterio, sin sentido crítico, que haga las cosas de manera mecánica sin cuestionarse si están bien o mal. ¿Qué podemos obtener de la sociedad así, por tanto? Nada bueno, así que a engañarla siempre que haya ocasión y a esforzarnos lo menos posible. Ya sabéis... estas cuatro reglas deben regir vuestra vida desde estos momentos y en vuestro futuro."


Las caras que ponen son muy divertidas, ¡probad, probad!

domingo, 26 de octubre de 2008

Me encanta hacer exámenes...

...y ver a mis alumnos de bachillerato esforzándose mientras intentan resolver los problemas que les planteo. Problemas de dibujo técnico, ¡¡oh, que bella asignatura!! Me encanta verlos mientras piensan y deciden qué datos son los importantes, mientras dibujan sus figuras de análisis, que son como pequeñitos planos del tesoro que les llevarán, si sus razonamientos son correctos, a encontrar la solución. Me chifla ver la cara de felicidad cuando dan con el quid de la cuestión, me pirra ver cómo poco a poco sus caras de desconcierto inicial se van tornando en la viva imagen de la satisfacción según van avanzando en el examen. Y me gusta darles pistas cuando veo que un problema se les atraganta un poco, no puedo evitarlo...

Un buen problema es como un pequeño enigma por resolver, al final del cual se obtiene un perfecto dibujito, una pequeña obra de precisión. Y siempre hay quien los resuelve de un modo insesperado, original y elegante:

¡Nos ofrecen una nueva visión del mundo, como en una buena obra de arte!

¡¡Me encanta hacer exámenes!!

¿A vosotros no?