Esta mañana cuando iba al instituto (a las 9’15) me he encontrado por el camino con un alumno del centro que iba retrasado. Se llama Sergio y estudia cuarto de la eso. Yo le he tenido en primero, segundo y tercero. En primero tuve un mal encuentro con él que le valió una expulsión inmediata de tres días. Pese a ello, nuestra relación siempre ha sido buena: reconoció su error inmediatamente, no lo ha vuelto a cometer y yo no soy rencoroso.
Si tuviera que describirle diría que su actitud en clase oscila entre la pasividad e indiferencia más absoluta y el interés y la participación distante. No soporta que se le impongan las cosas sin razonárselas (como le pasa a casi todos los alumnos), le encanta el ajedrez, es un lector compulsivo, mide 1’94, y cursa el programa de diversificación, pese a ser superdotado. ¿Cómo es posible eso? Pues porque su historia familiar es muy (pero muy) complicada y le ha influido tanto como para imposibilitarle seguir el programa normal: es incapaz de enfrentarse a los problemas y dificultades diarias. O, al menos, era incapaz, porque hace un par de días me comentaron en Jefatura que quiere estudiar bachillerato, una maravillosa noticia.
-”Ay, ay, ay, Sergio, que vas tarde, ¿de dónde vienes?”, le pregunto interesado.
-”De por ahí.” contesta evasivo.
-”¿Y qué clase tenías a primera?”
-”No sé, profe, es que no me he aprendido el horario” me dice con tono un poco guasón.
-”¡¿Cómo es posible, Sergio, qué desastre, a estas alturas del curso?!”, le recrimino.
-”No pasa nada profe, ahora me dejo llevar por la corriente y todo solucionado.”
Tras una pequeña pausa, le tanteo:
-”Me he enterado que quieres hacer bachillerato.”
-”Sí profe.” me dice ilusionado. “He pedido los libros de cuarto y los estoy estudiando en casa. Ahí estoy haciendo los ejercicios de ciencias, mates y física y química. Ya tengo un cuaderno lleno.” me cuenta tranquilamente.
-”¿Y ese cambio, Sergio, cómo ha sido?”
-”Pues porque no quiero quedarme sólo con un título de grado medio, quiero uno superior” me dice y es la primera vez que le oigo hablar de su futuro, afrontar su porvenir con una actitud positiva. Me alegra tanto que casi me emociona.
-”Y además, Sergio- le digo -teniendo las capacidades para hacerlo, es una pena desaprovecharlas.”
Pero Sergio no me contesta, no sé si le da vergüenza. Me siento un poco torpe de haberlo mencionado. A lo mejor es algo que no considera importante.
Lo importantes es que ¡allá va Sergio!, se ha puesto en movimiento con su imponente cuerpo y su imponente cabeza. Y si consigue superar sus fantasmas familiares quizás le veamos llegar lejos.
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